Reflejó en su único espejo el rostro que hace tiempo no sabía que llevaba.
Vió sus ojos recubiertos de un color grisáceo que marcaban las ojeras motivadas por largas noches en vela.
Se sostuvo firmemente a lo que pudo, resignando sus ganas de llorar se aferró al impulso de querer correr hacia el más allá, a donde no se tope con nada que le impida disfrutar de cada centímetro de su entorno y habitar ese espacio donde ya no caiga en la ceguera de rígidas imágenes del traicionero y confuso pasado.
Ese momento reflejo, figuró un clic en su cabeza, se coló como una especie de gotas rehabilitadoras. Todo, absolutamente todo, le pareció tonto para dejarse estar.
Pasado el día de la hazaña, le agradeció el ida y vuelta de palabras.
Las consecuentes y espesas lágrimas caídas de un insobornable fracaso quedaron derramadas sobre el sillón, vaciaron su sien y fueron fieles detonadoras de inspiración para un futuro merecedor de su nueva llegada al mundo.
Sabe y muy bien, que va a nacer muchas veces más y que en su arte está el arma para seguirse construyendo.
miércoles, 4 de agosto de 2010
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la abyecta rabia, la desolación (inspira)
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