domingo, 11 de julio de 2010

Dos, uno, cero.

Contaba los dedos de la mano, lo hacía una y otra vez.
La extendía con los dedos bien separados, como preparada para contornearla con un lápiz y así dejar su palma impresa en un papel, que yo imaginaba áspero y descolorido, pensaba también que esa figura podría marcar el adiós a tan eterno aburrimiento.
Vi suspender su mano en el aire, otras tantas sobre su pierna, salteaba los dedos y tocaba el espacio.
Y contaba, iba y volvía, el índice de la mano derecha era su guía.
Uno, dos, tres, cuatro...
La admiraba a lo alto, la veía volar como si fuera una paloma pero de una sola ala, y otra vez, ahí estaba reposándola en su regazo.
Cinco, cuatro, tres, dos…
¿Era su pulso?, quizás era el cuadro recreado de cómo estaba latiendo su corazón.
Su mano y el juego que hacía con ella (ese de contar), también podían semejar un reloj y fue hermoso descubrir a esta idea como real, pasó al rato, cuando llegó y la saludó, con fuerza, con besos, con abrazos, con todo lo que cabía en su cuerpo, se respiraba un amor que se había hecho esperar.
Ahí supe realmente el significado.
Su mano marcaba el tiempo, hacia pasar los segundos, rompía con los minutos de distancia que la separaba del momento que estaba esperando.
Su mano era un reloj y la ayudaba a aguantar la ausencia y a soportar el eco de alguien que le faltaba.

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