“Vaya uno a saber”, dijo el viejo.
Y ahí fue.
Se hizo propio el nombre Uno.
Y se largó a correr,
desesperadamente se largó a correr.
Y empezó a llover,
Fuerte.
Tanto que las gotas le golpeaban y le hacían doler.
Le parecían piedras.
Y al rato (o enseguida no sé),
se dio cuenta que eran piedras,
pero siguió,
siguió corriendo.
No buscaba un techo,
Y empezó a leer...
Los carteles.
Las señales.
Empezó a ver.
Y empezó a preguntar,
Y le contestaban.
En el mismo idioma.
En otro.
Y empezó a aprender.
Y ya no le importaba llegar.
Se divertía.
Y a medida que seguía,
se iba dando cuenta,
que siempre iba a faltar algo,
que siempre habría algo más
pero más que nada se dio cuenta
que a Saber nunca iba a llegar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario